Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert. Filósofo.

Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert. La Enciclopedia.

Filósofo.

            “Nada hay que cueste menos de adquirir hoy día que el nombre de filósofo; una vida oscura y retirada, ciertas apariencias de sabiduría, un poco de lectura, bastan para otorgar este nombre a personas que se honran en ello sin merecerlo.”

            “Otros, en quienes la libertad de pensar se ha posesionado del razonamiento, son contemplados como los únicos verdaderos filósofos, porque se han atrevido a traspasar los límites sagrados de la religión, y han roto las trabas en que la fe encerraba a la razón. Confiados en estar libres de los prejuicios de la educación en materia religiosa, miran con desprecio a los demás, como a almas despreciables, naturalezas serviles, espíritus pusilánimes, que se aterran de las consecuencias que entraña la irreligión, y que no atreviéndose ni un instante a salir del círculo de las verdades establecidas, ni a caminar por nuevas rutas, se adormecen bajo el yugo de la superstición.”

            “Pero se debe tener una idea más precisa del filósofo: he aquí el significado que le concedemos.”

            “Los demás hombres están determinados a actuar sin sentir ni conocer las causas que les hacen moverse, sin reflexionar sobre lo que acontece. El filósofo, por el contrario, aclara las causas en la medida de sus posibilidades, a menudo incluso las previene, y se entrega a ellas con conocimiento: es, por así decirlo, como un reloj, que se da cuerda a sí mismo. Así evita los objetos que pueden causarle sentimientos, que no convienen al bienestar, ni al ser razonable, y busca a quienes pueden excitar en él afecciones oportunas para la situación en que se encuentra. La razón es respecto al filósofo lo que la gracia es en relación para el cristiano. La gracia obliga al cristiano a actuar; la razón, al filósofo. Los demás hombres son presa de sus pasiones, sin que las acciones que ejecutan sean precedidas de la reflexión: son hombres, que caminan por las tinieblas; mientras que el filósofo en sus propias pasiones no actúa sino después de la reflexión; camina en la noche pero precedido de una luz.”

            “El filósofo construye sus principios sobre una infinidad de observaciones particulares. El pueblo asume un principio sin pensar en las observaciones que lo han producido: cree que la máxima existe, por así decirlo, por ella misma; pero el filósofo estudia la máxima desde su fuente; examina su origen; conoce su propio valor, y sólo hace de ella el uso que le conviene.”

            “La verdad no es para el filósofo una maestra que corrompe su imaginación, y que cree encontrar en todas partes; se contenta con poderla analizar allí donde puede percibirla. No la confunde con la verosimilitud; toma por verdadero lo que es verdadero, por falso lo que es falso, por dudoso lo que es dudoso, por verosímil lo que no es más que verosímil. Hay algo más y he aquí una gran perfección del filósofo: cuando no tiene motivo propio para juzgar, permanece impasible.”

            “El mundo está lleno de personas de ingenio, de demasiado ingenio, que juzgan a menudo; siempre adivinan, pues es adivinar el juzgar sin apercibir cuándo uno posee el motivo propio del juicio. Ignoran la importancia del espíritu humano; creen que pueden conocerlo todo: así encuentran vergonzoso no poder pronunciar un juicio, y se imaginan que el ingenio consiste en juzgar. El filósofo cree que consiste en juzgar bien; está más satisfecho de sí mismo, si ha declinado la facultad de decidir, que si ha decidido antes de haber percibido el motivo propio de la decisión. Así juzga y habla menos, pero juzga con más seguridad y habla mejor; no rehuye las fuentes sacudidas que hacen acto de presencia en el espíritu con ocasión de una rápida reunión de ideas, de las que uno se asombra frecuentemente al verlas unidas.

Es en esta pronta relación en la que reside lo que comúnmente se llama ingenio; pero también es lo que él menos persigue; prefiere, antes que esta magnificencia, la preocupación por distinguir bien sus ideas, por conocer la extensión justa y la conexión precisa, por evitar cambiar llevando demasiado lejos alguna relación particular que las ideas muestran entre sí. En este discernimiento consiste lo que se llama juicio y precisión de razonamiento: a esta precisión se añaden además la agilidad y la claridad. El filósofo no está de tal manera adherido a un sistema que no sienta toda la fuerza de las objeciones. La mayor parte de los hombres están tan fuertemente entregados a sus opiniones que ni siquiera se molestan en penetrar en las de los demás. El filósofo comprende la opinión que rechaza con el mismo alcance y claridad que entiende la que acepta.”

            “El espíritu filosófico es, pues, un espíritu de observación y de precisión, que relaciona todo con sus verdaderos principios, pero no es sólo el espíritu lo que el filósofo cultiva; lleva más lejos su atención y sus cuidados.”

            “El hombre no es un monstruo que sólo deba vivir en los abismos del mar o en el fondo de la selva: solamente las necesidades de la vida le hace necesaria la comunicación con los demás; en cualquier estado que se encuentre, sus necesidades y el bienestar le obligan a vivir en sociedad. Así, la razón exige de él que conozca, estudie y trabaje para adquirir las cualidades de la sociabilidad.”

            “Nuestro filósofo no se considera en exilio en este mundo; no cree estar en país enemigo; desea disfrutar con prudente economía de los bienes que la naturaleza le ofrece; quiere encontrar el placer con los demás; y para encontrarlo, es preciso actuar: así trata de llegar a un acuerdo con quienes el azar o su elección les hace vivir; y encuentra al mismo tiempo lo que le conviene: es un hombre honrado que quiere agradar y ser útil.”

            “La mayor parte de los grandes hombres, a quienes los desórdenes no dejan bastante tiempo para meditar, son terrible contra aquellos que no consideran sus iguales. Los filósofos vulgares, que meditan demasiado, o más bien quienes piensan mal, lo son contra todo el mundo: huyen de los hombres, y los hombres les evitan. Pero nuestro filósofo, que comparte el retraimiento con la compañía de los demás hombres, está lleno de humanidad. Es el Cremes de Terencia, que siente que es hombre, y que sólo la humanidad afecta a la mala o buena fortuna de su vecino. Homo sum, humani a me nihil alienum puto.”

            “Sería inútil subrayar aquí cuán ansioso está el filósofo de todo lo que se llama honor y honradez. La sociedad civil es para él, por así decirlo, una divinidad sobre la tierra; él la alaba y la honra con su honestidad, con una preocupación puntual por sus deberes y con un sincero deseo de no ser un miembro inútil o embarazoso. Los sentimientos de honestidad pertenecen a la constitución natural del filósofo tanto como las luces del espíritu. Cuanta más razón encontréis en un hombre, hallareis en él más honradez. Por el contrario, donde reina el fanatismo y la superstición, vencen las pasiones y el arrebato. El temperamento del filósofo es actuar con la idea de orden y con la razón; como ama extremadamente la sociedad, le interesa bastante más que al resto de los hombres disponer de todos los medios para no ocasionar más que los efectos conformes con la idea del hombre honrado. No creáis que porque nadie le observe, se abandonará a una acción contraria a la probidad. No. Esta acción no es conforme la disposición natural del sabio; él se ha alimentado con el germen del orden y de la norma; está repleto de ideas de bien respecto a la sociedad civil; conoce los principios de ésta mucho mejor que los demás hombres. El delito encontraría en él demasiada oposición; hallaría bastantes razones naturales y adquiridas para destruirle. Su capacidad de actuar es, dicho de alguna manera, como una cuerda de un instrumento de música tensada sobre un tono determinado: no sabría producir otro distinto. El teme sorprenderse y estar disconforme consigo mismo; y esto me hae recordar lo que Veleyo dijo de Catón de Utica: << No hizo jamás buenas acciones para que se supiera que las había realizado, sino porque no podía actuar de otra manera>>.”

“Por otra parte, en todas las acciones ejecutadas por los hombres, éstos no buscan más que su propia satisfacción momentánea; es el bien, o mejor, el estímulo preferido, siguiendo la disposición natural, donde encuentran lo que les hace actuar. Pues el filósofo está dispuesto más que cualquiera a encontrar con sus reflexiones más atractivo y placer en vivir con vosotros, a ganarse vuestra confianza y estima, a adquirir los deberes de amistad y reconocimiento. (…) Todavía más: la idea del hombre inmoral es tan opuesta a la del filósofo como lo es la del estúpido: la experiencia hace ver todos los días que cuanta más razón e inteligencia se tiene, se está más seguro y apto para el trato con la vida. Un tonto, dice La Rochefoucault, no tiene suficiente talante para ser bueno: sólo se peca cuando el conocimiento es menos fuerte que las pasiones; es una máxima de verdadera teología en cierto sentido: que todo pecador es un ignorante.”

“Este amor a la sociedad tan esencial al filósofo hace ver cuán verdadera es la observación de emperador Antonio: "Los pueblos serán dichosos cuando los reyes sean filósofos, o cuando los filósofos sean reyes".”

“El filósofo es, por tanto, un hombre honesto que actúa en todo conforme a la razón, y que reúne en un espíritu de reflexión y de precisión las costumbres y las cualidades de la sociabilidad. Insertar un soberano sobre un filósofo de este temple, y tendréis un perfecto soberano.”

“Con esta idea es fácil concluir cuán lejos está el sabio insensible de los estoicos de la perfección de nuestro filósofo: un tal filósofo es un hombre y su sabiduría no es más que fantasía. Ellos se avergonzaban de la humanidad, y él hacía de ella su gloria; querían aquéllos destruir insensatamente las pasiones, y elevarnos por encima de nuestra naturaleza con una quimérica insensibilidad; pero él no persigue el imposible honor de destruir las pasiones, porque esto es inviable; sin embargo, trabaja para no ser tiranizado, para sacarles provecho, y hacer de ellas un uso razonable, ya que esto sí es posible, y la razón así s elo ordena.”

“Se observa también en todo lo que hemos dicho cuánto se separan de la idea precisa del filósofo aquellos indolentes que, entregados a una meditación semejante, olvidan el cuidado de sus asuntos temporales, y de todo lo que se llama fortuna. El verdadero filósofo no está atormentado por la ambición, pero desea tener las comodidades de la vida; le es preciso, además de lo estrictamente necesario, algo comedidamente superfluo necesario para un hombre honesto, y con lo que sólo se es feliz; es la base del bienestar y de los placeres. Son falsos filósofos quienes han dado lugar a este panegírico con sus indolencias y máximas deslumbrantes: que les basta lo estrictamente necesario.”

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