Flashback.


La película
censurada
cada día es más muda
cada vez más gris.


Otro viento seca mis llagas.


Se me hace corto el viaje
la huida al nadie libre.
Pasos solos y canciones en bucle
rompiendo en el alma
sacándome inercia del tedio.

Exhalo y miro arriba
soy yo y nueva.


Leve.


Brillo húmedo
en la mirada
llena de nada y niebla
de astillas partidas.

Extinta de luz, ya sólo es aire
un roce leve
que se funde con el frío
como si le perteneciera.



Blanco plomo.


Destemplada la vida
en mi piel se eriza.
Quietud fría de cielo blanco
de tarde hueca
en silencio se me adentra
y me rompe la mirada, trizas de mí
que se acaban perdiendo.



Café de invierno.



No hay día, noche.
Sólo el transcurrir
de una hora a otra.
Esperando el mañana
muerto en el primer café.
Queda el hoy, disuelto, con mucho azúcar.
Inapetente, inane de besos.

Queda invierno.





Fuera.



Tengo una casa varada en el tiempo
dentro, una gata dueña del vacío y del polvo
de recuerdos yermos
huidas programadas.

Gata sola, dentro.
Yo, fuera. También me he ido.
Me escapé por la ventana, por los tejados
de aquel pasado, tiempo varado en el tiempo.

Olvido es el futuro.
Lo sé porque no duele.



Quejas y reclamaciones.



Se me queja la piel
me chilla y sé que llora
cuando nadie la escucha
falta de tacto, de otro.
Al despertar
entre las sábanas, suave, se roza
y sin que nadie la vea
sueña, que el calor no es el suyo.




Esta tarde.



Sólo quiero ser pasos
uno tras otro, lejos.
Caminar por caminar.
Sin destino, como mi vida.
Sin pensar más
que en el aire frío
que vuela en mi pelo.

No quiero volver a casa
encerrarme, morir.
Morir en días idénticos
en verdades dichas a medias
en la opacidad de la mañana
y las noches sin final.


En blanco.


Días blancos.
Vacíos.
Vacíos de tacto.
De miradas a los ojos
que intentan esconder
el dolor del alma
retorcida en un rincón de sí misma.
Niña herida.
Vacío
inocencia que no aprende.
Rutina oscura. Bucle. Tedio.
La ilusión murió cegada.
Como la niña que se retuerce en mi alma
ciega, nunca ve qué le daña.




Una isla siempre es sola.


Vivo en una isla
rodeada de aceras vacías.
De recuerdos rotos.
De futuro incierto.

Muda, converso en silencio.
Y mis palabras huyen con el viento
libre.
Las horas no existen, no importan.
No hay un sentido.

Sólo tiempo autómata
repitiéndose.
Letanía lúgubre.
Ausencia de mí.


Qué o Quién.


Recuerdo un profesor que me dijo una frase que rezaba algo así:
" Uno puede decidir quién quiere ser cada mañana". 

(Sigo recordando a aquel profesor, recuerdo incluso su nombre, y el de tantos otros.
Los recuerdo con cariño, con el mismo que me ofrecieron sus saberes y su ayuda, cuando vieron que la precisaba. Lo siento, me enredo entre la melancolía y el sentimiento de quizá no habérselo agradecido lo bastante. Algún otro hubo sin vocación, eso tampoco lo niego. Vocación. Esa es la palabra.)

Las montañas verdes y pardas
hacen que a su alrededor
todo parezca más pequeño
efímero.

Lo importante cambia.
Lo importante no es qué
hacer en la vida.

Sino quién quieres ser en ella.
Lo importante es Ser quien eres.





Mil navíos.



Soy como un mar
intranquilo e inquieto.

Me dejo mecer
por el viento y su soplo.

Llevo a lomos mil navíos
que quisieron surcar sus sueños.
Que quisieron ser sus propios dueños.

Pero "La Mar", como la vida
sólo es un camino, incierto
que nada asegura
(Y que sólo permite atrevernos
a zarpar.)

Un rumbo, no es rumbo
sin un destino.